Deja enpaz a Dulcinea...

Aún no ha empezado la historia. Muchos de los personajes no se conocen todavía entre ellos ni creen que les pueda suceder algo como lo que va a ocurrirles.


Gonzalo ha salido del trabajo hace un cuarto de hora y camina con las manos en los bolsillos hacia una cafetería del caso antiguo.

Julián lo espera en la cafetería. Ha llegado un poco antes de tiempo y aprovecha para leer el periódico.

Raquel mira postales de cumpleaños mientras María paga unas fotocopias que acaba de encargar. Luego se irán juntas al mismo café donde quedaron los chicos.

Miguel repasa por tercera vez una operación matemática que parece impecable pero no arroja el resultado esperado.

Sara está viendo la tele mientras acaricia al perro.

Santiago descarga cajas de una furgoneta y las baja trabajosamente al sótano de una librería polvorienta.

La historia aún no ha comenzado. Se desencadenará en unos minutos cuando alguien, sin darse cuenta, ponga en marcha un mecanismo oculto.

Los hechos que van a suceder no serían posibles en otro lugar, ni en otro momento, ni con otras personas. La mayoría de las historias se apoyan en personajes frecuentes, o intercambiables, de los que hay un centenar de cada tipo en todas las ciudades. Esta no: lo que está a punto de suceder necesita una conjunción muy específica y muy difícil de repetir.

Las ciudades pequeñas producen estas rarezas. Su falta de actividad es como una válvula cerrada que acumula energía, reflexión, nobleza y resentimiento, mezclándolas en unas condiciones de presión y temperatura que no se encuentran en ninguna otra parte.

Gonzalo ha llegado ya al café.

Julián dobla el periódico y lo deja sobre la barra.

Raquel se rehace la coleta y María se queja del frío mientras mira el reloj.

Miguel ha encontrado el error en la operación matemática.

Sara sigue acariciando al perro, aunque su hermano haya cambiado la tele de canal.

A Santiago le queda una docena de cajas por bajar al sótano.

Aún no ha sucedido nada. Pero está todo ahí: en las calles llenas de charcos, en el gesto desabrido que opone la gente al viento, en las piedras centenarias, en los escaparates brillantes junto a portales oscuros.

Esta todo ahí. Se ha ido acumulando.