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¿Le funcionará?



Después de la muerte de su marido, Magdalena Strahler había adquirido la costumbre de leer todos los días el periódico, aunque no sabía muy bien si para tratar de interesarse por lo lejano u olvidarse de lo más próximo. Antes de casarse, jamás se había preocupado por lo que ocurría a su alrededor y se mantenía intencionadamente al margen de la sordidez que se adueñaba de Alemania; incluso recordaba sentirse un poco molesta cuando alguien se empe aba en entablar una discusión política durante una reunión social. Para ella, en aquellos tiempos, lo más juicioso era negar la realidad hasta el momento en que cambiara por sí sola, de modo que su veneno no llegase a penetrar en la vida de las personas ensuciando de antemano los días futuros. Aunque entonces no tenía palabras para expresarlo, pensaba desde muy joven que los hechos exteriores sólo se convierten en reales una vez que se han asumido y empiezan a cambiar el modo de comportarse con los demás y con uno mismo. Por eso no quería saber nada: para permanecer incólume.


La teoría del muro


Consentirlo todo es como devaluarlo todo, porque en un mercado donde cualquier cosa valiera como moneda nadie vendería su mercancía.

Eso creo y a veces así trato de aplicarlo, desde mi humilde covacha.

¿Me explico?

Creo que el deber de todo el que ame la cultura y el arte es oponerse a lo nuevo aunque sólo sea por el mero hecho de ser nuevo. Creo que la figura del rancio, carca, reaccionario y apolillado es absolutamente necesaria para que las novedades tengan que pasar al menos un filtro, o una barrera. Las nuevas ideas y las nuevas tendencias deben encontrarse con un muro en el que probar su fuerza, y si son lo bastante pujantes para llevarme por delante, yo seré el primero en alegrarme de mi derrota. Pero si son enclenques, enfermizas o sin sustancia, que se estrellen y desaparezcan. Por eso me gusta oponerme a lo nuevo: para que me aplaste si vale la pena o se desintegre si no.


Lo contrario es abrir la puerta de casa a las moscas de la calle.


Me temo.

Arqueología literaria


En todas las épocas y generaciones hay naufragios. Y en todo tiempo, los tripulantes del momento sacan a flote a los que creen mejores para salvarlos del olvido.
Algunas épocas fracasaron, y los que alcanzaron la fama entonces, alabados por sus contemporáneos, fueron poco a poco decayendo en el olvido, sustituidos por los que lentamente iban exhumando los conservadores de museos del futuro. Y hubo tiempos también de envidiable lucidez, años en los que hombres como Thomas Mann, Proust, y Kafka se hicieron famosos poco después de publicar sus libros.
Aquellos años veinte se redimen con sólo mostrar tan buena puntería, y es mucho lo que esta dice de las personas que ocupaban los cargos y posiciones preeminentes: uno años en los que Proust y Mann no deben esperar un siglo a que les llegue el reconocimiento es una época dirigida por grandes hombres, de férreo criterio.
La pregunta subsiguiente, cómo no, es quién nos lidera a nosotros y qué juicio debemos asumir de nuestros prohombres a la vista de los pendones que alzan para distinguir nuestro tiempo.
Porque las obras de los egipcios serían las mismas, sin duda, sepultadas bajo las arenas del desierto que náufragas del mar. ¿Pero pensaríamos lo mismo de la civilización de los faraones si las pirámides, colosos y templos que conocemos hubiésemos tenido que desenterrarlos bajo una cordillera de urinarios que los propios egipcios hubiesen levantado encima?
Cada pueblo, cada nación y cada época no es sólo lo que dejó, sino también lo que hubiese querido mostrar como estandarte.
Y lo nuestro parecen los urinarios.
Hay más, no lo duden: el que quiera que excave.

Otro decálogo más

Como son ya unos cuantos los decálogos que circulan para curar o paliar este vicio de la escritura, no me sustraigo a añadir otro que aumente la turbamulta de los preceptos. Como siemprte, en este país no ha de quedar por códigos y normas, sino por ganas de cumplirlas, hacerlas cumplir o toimarlas en serio siquiera, asi que allá va sin mayor cargo de conciencia:


1- Hay que leer a Kapek.


2- Hay que leer a Stanislaw Lem.


3- Hay que leer a Neruda, pero al de verdad, no tanto a Neftalí Reyes. AL DE VERDAD.


4- Hay que entender que nuestro nuevo mundo por descubrir es centroeuropa y no tanto las américas.


5-Hay que leer a los amantes del mal, y esos ya no son los que se llamaron malditos en su día y hoy están perfectamente establecidos en su hornacina, sino a gente como Ewers, o Papini, irredentos todavía.


6-Hay que renovar la rebelión y dejar de creer que lo incorrecto de hoy es lo mismo de ayer. Quizás hoy rebelarse sea rezar un rosario, por ejemplo. Quién sabe...


7-Hay que tener algo de asesino, o nuestras letras no perdurarán.


8-Hay que creer. En lo que sea, pero creer. Un escritor sin fe es un auxiliar administrativo.


9- Hay que hablar del ser humano como es, y no como nos gustaría verlo. Hay que dejarse de moralinas, y de deseos prohibidos. Un deseo prohibido de otro tiempo era tener dos esposas. Ahora un deseo prohibido es ser rico y ostentarlo.


10-El lector siempre es más rápido que tú. Tarda una tarde en leer lo que tardaste un año en escribir. No lo busques. él te alcanzará si quiere.

Pensamiento científico



Conviene de vez en cuando darse una vuelta por las matemáticas, o por la física, o por cualquier disciplina científica, armada como tal de normas inmutables y conductas predecibles, para no perderse en el absurdo malabarismo metafísico, puramente intelectual, en que todo es posible y a la postre tan probable como uno quiera.
Conviene estrellarse de cuando en cuando con una ecuación, irreductiblemente tozuda en mantener sus principios, con una reacción química, con un tiro parabólico si se me apura, para no creer que es posible obtener cualquier cosa de la razón, que las ideas suman necesariamente lo que uno les exige, o que los argumentos caen siempre donde nosotros queremos, por arte, magia y artificio de nuestro poderoso intelecto.
Quizás por eso no acabo de fiarme del todo del pensador que desconoce la ciencia, del hombre de letras que se dice puro reconociendo de ése modo su ignorancia, que se llama humanista porque cree que el hombre piensa pero no construye, que ofrece más credibilidad a las ideas de un abogado que a las de un ingeniero.
En el mundo de las ideas todo es verosímil, incluida aquella escapatoria de Hume, gatera lógica, según la cual nada es aprehensible porque nuestros sentidos nos engañan. Calderón dijo lo mismo y lo dijo mejor, según yo pienso, porque le bastaron unos versos para afirmar que el hombre que vive sue a lo que es hasta despertar.
Despertemos pues de la borrachera de la razón y antes de pensar, démonos una vuelta, un breve paseo por la ciencia, porque igual de incapaz de sostenerse puede ser un razonamiento que un puente, pero tiendo a creer que el que hace puentes pone más cuidado, de suyo, en no pensar con negligencia.
Por la cuenta que le trae, más que nada.

Ser tonto


Ser tonto no es tan fácil como puede dar la impresión a primera vista. Media humanidad, cada uno en su nivel, se pasa la vida tratando de pasar por alto ciertas cosas que ha visto en un momento de lucidez, ciertas posibilidades que se le han alcanzado en un instante tan remoto como indeseable.
Porque esforzarse en comprender algo que está por encima de nuestra capacidad puede ser penoso, pero no tanto como hacer la vista gorda ante lo que se comprende perfectamente y uno preferiría no ver.
Entra aquí la diferenciación entre ser tonto y hacérselo, pero lo de veras deseable es la tontería genuina, sin necesidad de máscaras complacidas y complacientes. La principal contrapartida —siempre las hay— es la maldita circunstancia de que ser tonto es muy trabajoso, nada satisfactorio y te ocupa todo el día.

La verdad


Ya estoy harto de ir por ahí diciendo la verdad, de sostener que es preferible su hiriente blancura a los paños estampados con que cubrimos los miedos.
Tarde he aprendido que la sinceridad no es nunca una virtud, sino un aséptico ejercicio de vandalismo social. No lo dije yo, sino José María Menéndez en sus gloriosos Apócrifos, pero cito de memoria, así que espero se me perdone la mengua, si la hay, en aras del contenido de tan rotunda afirmación.
Decir la verdad es dar pan al que no tiene dientes, bicicletas a ni os sin piernas, entradas para los toros a un condenado a perpetua. Es también, y sobre todo, desnudar el teatro social en que nos movemos para dejar al aire las tramoyas, sin maquillaje los rostros, sin alzas esos zapatos que estilizan al galán; y entonces, se acabó el espectáculo, se acabó la ficción de ser todos hombres satisfechos, dinámicos y modernos, cuando realidad la mayoría son lo que les dejan, aunque, eso sí, estarían dispuestos a cualquier cosa con tal de no reconocerlo.
Ahí es donde está el vicio que los sinceros padecen: en el ansia de decir a los demás lo que no quieren oír ni por asomo les interesa. Y tan condenable es persistir en semejante, insocial actitud como, por ejemplo, hacer comer a alguien lo que no quiere o beber lo que no le gusta.
Es mejor no decir la verdad, y sonreír a esos mágicos arquitectos de la oposición que con el tiempo acaban por convertir una plaza en un callejón sin salida, a esos sonámbulos de la existencia que avanzan a ciegas hacia donde mejor suena el reclamo, a esos portentos de la grandeza, remedo de pozos y abismos, que cuanto más les quitan más grandes son.
Es mejor no decir la verdad, no sea que en caso contrario te retiren el saludo, la cartera y la palabra, te tachen de amargado, de misántropo y de pesimista.
Porque la verdad es sólo liberación para los que pueden correr tras ella; para los que están encerrados en las cuatro paredes de la obligación o la costumbre sólo es la negra semilla del desaliento.
Y no quiero ser ya más un sembrador de desalientos.

Que no nos juzguen



Que no me juzguen. Pretensión excesiva, ruego imposible.
Hasta los días de sol o de lluvia pasan por el tamiz de una sentencia para convertirse en buen o mal tiempo, y pretendo yo que no me juzguen.
Entrando en tales batallas, ¡cómo no va a acabar uno coleccionando armisticios! Me juzgarán, nos juzgarán a todos y, como hicimos nosotros con los que nos precedieron, idearán antes la condena que la acusación, antes la pena que el delito, antes el presidio que la ocasión de merecerlo.
Seremos condenados todos, por lo que hicimos y por lo que tratamos de evitar, por el mundo que dejamos, por la muerte cien veces reconcentrada que sacamos de la tierra y ellos ya no podrán quemar, por lo que conservamos y por lo que no supimos dejar.
Nos juzgarán a todos por cada piedra dislocada de su escondrijo como nosotros a los romanos por el oro que se hizo siclos y sextercios, y a nosotros, como a los hombres de Roma, nos dará profunda, absolutamente igual.
Parapetémonos pues en la experiencia que aún no tenemos y seamos indiferentes como vicemuertos, como anteolvidos, como prenadas.