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Los abandonados


Vivimos en tierra de emigrantes, que es tanto como decir en piedras solas, en una geografía desangrada. Acabo de escribir una carta a un amigo que se marchó, y que a buen seguro no volveré a ver con la frecuencia de antes, y me da por pensar que esta dispersión no agota sólo nuestra economía, sino también nuestro espíritu.
Quedarse en León es hacerse viejo en cierto modo, porque son los viejos los que cada día están más solos después de ir enterrando a los que fueron sus amigos, sus compa eros de trabajo, risas, juegos y amoríos. Aquí los enterramos en Madrid, en Barcelona, en Zaragoza, y aunque regresan a veces atraídos por la ouija navideña o los conjuros de Pascua, enterrados permanecen para nosotros, que poco a poco nos quedamos sin cosa que decirles, sin vida que compartir con sus espectros.
Y son tristes los fantasmas de los vivos...

El hombre asfaltado


La civilización, que ha talado bosques y allanado montes, que ha ideado la medicina, la industria y el macramé, creó también una especie distinta de ser humano, mucho antes de que pensara posible la ingeniería genética: el hombre asfaltado, el que reniega de sus más íntimos impulsos por considerarlos irracionales, el política, económica, religiosa, estéticamente correcto, el que es sólo sociedad y no individuo. Pertenece y no es, condena y no juzga, cría y no crea, medra y no crece; esas son sus se as de identidad, y por todas o alguna de ellas lo podréis reconocer.
Esa clase de hombre, cargado de razón sin duda, está a medio camino entre lo sublime y el insulto, a dos pasos del intelecto puro y a tres del suicidio, curiosamente en la misma dirección. Sobredimensionado en su ego, superacionalizados su deseos, incapaz en suma de convivir con su sangre y con sus huesos, que ni piensan ni razonan, va dando tumbos de máscara en mascara en busca de la que se adapte a su rostro.
Si encontráis alguno, cambiad de acera, y de calle si es posible, porque habéis visto al verdadero Enemigo del Mundo.

Contorsionista


Delgada y guapa, con rizos negros, la atracción que suscitaba no residía en sus curvas bien trazadas, ni en el impecable ajuste de sus proporciones a crípticas constantes griegas. Ni Phi ni Pi lograban imponerse a su Aleph.
Su número consistía en distintas contorsiones al borde de lo posible, pero era difícil apartar la mirada de sus ojos, de su risueño menosprecio hacia las leyes de la física, de la lógica y hasta de la probabilidad.
Era una marioneta que en el colmo de la burla tomaba en sus manos los hilos y se obligaba a danzar, que se imponía las muecas como en un gui ol diabólico donde es el mu eco el que, ante el público, introduce la mano en su propia cabeza.
Era hermosa pero eso no importaba. La menor de sus transgresiones era su elástica gimnasia sobre el atril, y centrar la vista en ella hubiese sido como admirar a la serpiente por lo bien que se enroscaba a los manzanos del Edén.
Era sugerente como un pecado entrevisto en el sue o de una fiebre ancestral. Entre árboles prehistóricos cayendo en una selva donde aún no vive nadie. Entre símbolos de lenguas no inventadas todavía.

Cara de NO


Tenía cara de NO. Aquel payaso bien pintado, con su peluca amarilla y sus zapatos enormes, recorriendo a veces la calle Fuencarral, parado en otras ocasiones sobre un cajón de madera donde rezaba su nombre, era un NO como un castillo.
Nunca hablé con él, ni lo reconocí siquiera a cara descubierta; nunca tuve referencias negativas de su persona o costumbres —posiblemente intachables— pero algo en su expresión, en sus gestos o en su inmovilidad desmentía la pintura, la nariz y el jersey a rayas.
Porque hay noes que van mucho más allá del actor, el papel y el escenario. Hay negaciones constantes que envuelven al individuo abarcando su pasado, su futuro, sus intenciones y las ideas triviales a que vuela su cabeza cuando se despista en un semáforo. Y no sé muy bien cómo, pero se nota, se nota y se expresa en un NO que bien pudiera sustituir al DNI en la oficina de correos cuando se va a recoger un paquete.

¿Pero NO, qué?

NO. Nada.

El NO también es intransitivo, recuerden.