Aún no ha empezado la historia. Muchos de los personajes no se conocen todavía entre ellos ni creen que les pueda suceder algo como lo que va a ocurrirles.
Gonzalo ha salido del trabajo hace un cuarto de hora y camina con las manos en los bolsillos hacia una cafetería del caso antiguo.
Julián lo espera en la cafetería. Ha llegado un poco antes de tiempo y aprovecha para leer el periódico.
Raquel mira postales de cumpleaños mientras María paga unas fotocopias que acaba de encargar. Luego se irán juntas al mismo café donde quedaron los chicos.
Miguel repasa por tercera vez una operación matemática que parece impecable pero no arroja el resultado esperado.
Sara está viendo la tele mientras acaricia al perro.
Santiago descarga cajas de una furgoneta y las baja trabajosamente al sótano de una librería polvorienta.
La historia aún no ha comenzado. Se desencadenará en unos minutos cuando alguien, sin darse cuenta, ponga en marcha un mecanismo oculto.
Los hechos que van a suceder no serían posibles en otro lugar, ni en otro momento, ni con otras personas. La mayoría de las historias se apoyan en personajes frecuentes, o intercambiables, de los que hay un centenar de cada tipo en todas las ciudades. Esta no: lo que está a punto de suceder necesita una conjunción muy específica y muy difícil de repetir.
Las ciudades pequeñas producen estas rarezas. Su falta de actividad es como una válvula cerrada que acumula energía, reflexión, nobleza y resentimiento, mezclándolas en unas condiciones de presión y temperatura que no se encuentran en ninguna otra parte.
Gonzalo ha llegado ya al café.
Julián dobla el periódico y lo deja sobre la barra.
Raquel se rehace la coleta y María se queja del frío mientras mira el reloj.
Miguel ha encontrado el error en la operación matemática.
Sara sigue acariciando al perro, aunque su hermano haya cambiado la tele de canal.
A Santiago le queda una docena de cajas por bajar al sótano.
Aún no ha sucedido nada. Pero está todo ahí: en las calles llenas de charcos, en el gesto desabrido que opone la gente al viento, en las piedras centenarias, en los escaparates brillantes junto a portales oscuros.
Esta todo ahí. Se ha ido acumulando.
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El ajedrez. Un caso delicado
Hay cosas sobre las que se discute y otras sobre las que se pasa de puntillas, proque la excepción npo confirma la regla, sino que la debilita.
A lo mejor con estas historias de la igualdad nos hemos pasado de frenada sin darnos cuenta, o quizás queden cosas por discutir y lo mejor sea mira4r para otro lado, antes de que alguna horda levantisca se nos lance a la yugular.
El caso, amigos, es que yo puedo comprender que se reconozcan las diferencias físicas entre hombres y mujeres, y que existan categorías separadas, masculina y femenina para el tenis, el atletismo y otros muchos deportes donde la fuerza física, la masa muscular y esa clase de consideraciones fisiológicas de músculo, hueso y tendón son de primera importancia.
¿Pero por qué hay Federación Femenina de Ajedrez? , ¿cómo se justifica su existencia?
¿Acaso alguien piensa que la capacidad intelectual de las mujeres o su poder de abstracción es menor y necesitan una categoría aparte? No lo dicen, por supuesto, pero el caso es que la hay, y el caso es que los títulos de ajedrez llevan a veces una W delante para indicar que WGM es una gran maestra.
Quizás fuese el momento de acabar con este anacronismo (lo que sería muy malo para el ajedrez femenino, porque por la razón que sea no logran competir a alto nivel con los hombres, salvo las honrosas excepciones de las Polgar) o de hablar claramente de unas diferencias que nadie, ni yo, está dispuesto a señalar con el dedo.
Entre tanto y no, la Federación Femenina de Ajedrez sigue siendo una especie de secreto. Algo que existe, pero de lo que es mejor no hablar. Por el bien de la candidez, de la inocencia, de la ingenuidad... y de la integridad física.
A lo mejor con estas historias de la igualdad nos hemos pasado de frenada sin darnos cuenta, o quizás queden cosas por discutir y lo mejor sea mira4r para otro lado, antes de que alguna horda levantisca se nos lance a la yugular.
El caso, amigos, es que yo puedo comprender que se reconozcan las diferencias físicas entre hombres y mujeres, y que existan categorías separadas, masculina y femenina para el tenis, el atletismo y otros muchos deportes donde la fuerza física, la masa muscular y esa clase de consideraciones fisiológicas de músculo, hueso y tendón son de primera importancia.
¿Pero por qué hay Federación Femenina de Ajedrez? , ¿cómo se justifica su existencia?
¿Acaso alguien piensa que la capacidad intelectual de las mujeres o su poder de abstracción es menor y necesitan una categoría aparte? No lo dicen, por supuesto, pero el caso es que la hay, y el caso es que los títulos de ajedrez llevan a veces una W delante para indicar que WGM es una gran maestra.
Quizás fuese el momento de acabar con este anacronismo (lo que sería muy malo para el ajedrez femenino, porque por la razón que sea no logran competir a alto nivel con los hombres, salvo las honrosas excepciones de las Polgar) o de hablar claramente de unas diferencias que nadie, ni yo, está dispuesto a señalar con el dedo.
Entre tanto y no, la Federación Femenina de Ajedrez sigue siendo una especie de secreto. Algo que existe, pero de lo que es mejor no hablar. Por el bien de la candidez, de la inocencia, de la ingenuidad... y de la integridad física.
Una vela por un beso
Un beso travieso encuentra
tu boca su loca
inconsciencia
agita
tu pecho
te quita
el estrecho
vendaje de encaje que cubre
tu alma. La calma que antes
tuviste
no existe
ahora: la hora de amar
ha llegado,
al hado
que envía
el deseo
lo veo cercano lanzando su arcano
en pos
de tu piel.
Yo bien sé que ahora es difícil mantenerse fiel.
En la noche de Walpurgis
Mar y cielo son ya negros
como dos fúnebres cuervos
que aguardando están su presa
y su pico busca en vano
en mí un corazón humano
mientras la muerte me besa.
como dos fúnebres cuervos
que aguardando están su presa
y su pico busca en vano
en mí un corazón humano
mientras la muerte me besa.
Fui suyo

Y lo era. Fui suyo mucho tiempo, y creo que muy a gusto. Creo que con Laura fui feliz. Si existe eso de la felicidad es que alguien te espere por la ma ana a la puerta del instituto para darte un beso, o que te frote la nariz cuando te quedas mirando al vacío. Si existe la felicidad es mirarse al espejo y tratar de averiguar que ha visto en ti la persona más maravillosa del mundo para estar contigo. ¿Qué eso es el amor? ¡Bah!, ¿y qué diferencia hay?
El revés

Aún queda quien dice que la realidad es tozuda, e incluso los hay que creen, contra toda evidencia, que la verdad resplandece. Lo que no mencionan es que, en ocasiones, necesita revestirse de prodigio o superchería para resultar creíble, porque la verdad desnuda no interesa ni a los aficionados al porno.
Así vemos que a menudo le sucede a lo auténtico como a la vaca de Swift, que sólo acabaría en manos de su legítimo dueño si el juez se convencía de que el ladrón tenía derecho a quedársela.
De este modo es como los más valerosos defensores de la verdad se convierten a veces en los peores cínicos y en los mayores embusteros.
A ellos dedico esta historia.
De "la serpiente Lazarillo"
Somos lo que nos vamos

El alma de la tierra son sus gentes.
Durante el romanticismo decimonónico nació una teoría, si se quiere un tanto idealista, que sin embargo refleja perfectamente el sentir de algunos de nuestros mayores. Afirmaban los seguidores de aquella tesis que la tierra aporta su carácter a los hombres que la habitan, y marca en ellos su impronta a través de los alimentos con que los sostiene, el clima en que los envuelve y las dificultades orográficas que les impone. Los hombres a su vez determinan el carácter de la tierra con las obras que construyen y los artificios que idean para convivir con ella. Finalmente el hombre vuelve a la tierra para alimentarla con su sangre y con sus huesos. La tierra alimenta al hombre, y el hombre a la tierra, y si este doble pacto se rompe, sufre la tierra y sufre el hombre.
El pacto se ha roto y nuestros pueblos se mueren, pero no estamos ya en aquel siglo XIX, enso ador y tremendista, sino en una época donde se impone analizar las causas, una época donde por fortuna es más apreciado lo espectacular en la medicina que en los sepelios.
Las políticas europeas, para ser eficaces, deben combatir en primer lugar y ante todo los dos problemas de los que derivan los demás: el despoblamiento progresivo y el envejecimiento de la población.
No hay política ni proyecto que merezca el mínimo respeto si su fundamental objetivo no es que las personas puedan vivir en su tierra y puedan vivir mejor.
Durante el romanticismo decimonónico nació una teoría, si se quiere un tanto idealista, que sin embargo refleja perfectamente el sentir de algunos de nuestros mayores. Afirmaban los seguidores de aquella tesis que la tierra aporta su carácter a los hombres que la habitan, y marca en ellos su impronta a través de los alimentos con que los sostiene, el clima en que los envuelve y las dificultades orográficas que les impone. Los hombres a su vez determinan el carácter de la tierra con las obras que construyen y los artificios que idean para convivir con ella. Finalmente el hombre vuelve a la tierra para alimentarla con su sangre y con sus huesos. La tierra alimenta al hombre, y el hombre a la tierra, y si este doble pacto se rompe, sufre la tierra y sufre el hombre.
El pacto se ha roto y nuestros pueblos se mueren, pero no estamos ya en aquel siglo XIX, enso ador y tremendista, sino en una época donde se impone analizar las causas, una época donde por fortuna es más apreciado lo espectacular en la medicina que en los sepelios.
Las políticas europeas, para ser eficaces, deben combatir en primer lugar y ante todo los dos problemas de los que derivan los demás: el despoblamiento progresivo y el envejecimiento de la población.
No hay política ni proyecto que merezca el mínimo respeto si su fundamental objetivo no es que las personas puedan vivir en su tierra y puedan vivir mejor.
Homenaje a Martín Santos (y a León)

Hay ciudades tan aletargadas por inviernos montaraces, tan asentadas en piedras rancias y tradiciones acartonadas, tan pagadas de sí mismas pero nunca por sí mismas, tan pastoreadas de obispos que rechazaron toda industria por no verse rodeados de obreros, gente zafia y malhablada que trabaja más que reza, tan perdidas entre curvas que no cesan y autovías que no llegan, tan acostumbradas a guardar una corona en el baúl, tan cerca de muchos puertos pero todos de monta a, tan roídas de endogamia más o menos ostensible, tan ahogadas entre ríos que son ríos porque estorban y no porque llevan agua, tan decoradas a medias por parques donde no hay ni os, tan entra ables como una abuela coja, tan plenas de posibilidades como una abuela coja, tan ágiles como una abuela coja, tan lucidas de casas nuevas que nadie sabe quién compra y aún menos para qué, porque siempre están cerradas, tan amables para andarlas, tan tenaces en su lucha contra el tiempo, si lucha es dejarse llevar con dignidad, tan carentes de teatros que no sean cines y de cines que no sean minifundios, tan ciegamente confiadas en que no hay mal que cien a os dure, ni cuerpo que lo resista, ni necesidad de buscarle remedio porque al fin Dios proveerá, tan pobladas de pobres que sí son pobres y ricos que no son ricos, tan encastilladas en la más feroz indiferencia, tan alejadas del mundo que no existen si no nieva, y si nieva sólo existen con cadenas, tan traídas y llevadas en blasones seculares, tan envueltas en banderas que a la postre son sudarios, tan afables y tranquilas, tan devotas de la boina y el manteo, de la faja color carne y el moquero, que sólo tienen catedral.
Seremos tristes

Sólo queda, pues, una salida que no implique rendición: seremos necios y porfiados insistiendo en exigir pan a las piedras y dulces trinos al asno. Simularemos sorpresa ante cada impensado desaire, ante cada desdén reflejo, ante cada indeliberado desprecio. Fingiremos interés por asuntos que jamás nos importaron, por los cables y las redes que interconectan vacíos, por los fines que no existen, por los medios que los buscan, por los hombres enganchados, las mujeres conectadas y los coros que les cantan alabanzas multimedia en formato MP3.
Seremos mansos, tranquilos, sonriendo a la ignorancia, acallando el improperio que atrapado a última hora aún rebulle entre los labios. Remedaremos sonrisas donde sonrisas se esperen y al final, tal vez al cabo, ensayaremos verdades entreveradas de bromas.
Seremos tristes de nuevo, imaginando sus labios humedecidos en besos de travieso experimento, imaginando otros brazos alrededor de su cuerpo, otras manos perfilando su cintura, apoyadas en el firme pedestal de sus caderas, imaginando otros ojos reflejados en los suyos, siempre el maldito reflejo.
Seremos tristes de nuevo representando caricias que nunca osamos probar, que ella nunca aceptaría, arriesgaremos ensayos en sus dedos o en su pelo y arriesgaremos con miedo, con temor a ese reproche que alguna vez ya entrevimos.
Seremos tristes porque tristes nos queremos: es el único motivo si es que motivos precisa semejante antología de amatorios desatinos y penas extravagantes. Seremos tristes porque la melancolía es verde musgo del alma y sienta bien a los recintos devastados, a las ruinas de fortalezas perdidas y hasta a los pobres apriscos donde a diario reunimos las cabras de los anhelos, los incontables reba os de este Majadero Concejo de la Mesta que pastorea los celos por veredas cuesta arriba.
Seremos tristes porque sólo tristes dejamos de ser ridículos.
El privilegio de Dulcinea, Javier Pérez, 2001.
Entender

¿Y qué culpa tengo yo de que no piensen las flores?
Pero quién si no: nuestro es el exceso y nuestro el artificio, y si hay reo, si es preciso que alguien cargue con esta cruz astillada, con estos grilletes romos, ha de ser el que reviste de consciencia la belleza, el que sabe pero ignora, el que conoce y olvida, el que interroga y disfraza, el que idea la mentira porque entiende la verdad.
Entender es la condena. Entender que la esperanza es un placebo, una píldora de azúcar para un cáncer de vehemencia, un fracaso a plazo fijo que cobra a precio de usura cada día que entretiene su demora. Comprender y al fin callar, ante cada circunstancia adversa, ante cada despedida, ante el mundo y el espejo, sobre todo ante el espejo. Callar como enmudecen los sepulcros, que corrompen lo que dicen que atesoran, callar como las madres callan cuando el hijo las defrauda, callar hasta convertir en misterio lo que sólo es un fracaso del raciocinio, del vanidoso intelecto, que se quiere pionero y va siempre por detrás del sentimiento, justificando sus errores, defendiendo sus caprichos con argumentos capciosos, sepultando sus vergüenzas bajo alfombras de artificio.
El privilegio de Dulcinea, Javier Pérez, 2001.
Pero quién si no: nuestro es el exceso y nuestro el artificio, y si hay reo, si es preciso que alguien cargue con esta cruz astillada, con estos grilletes romos, ha de ser el que reviste de consciencia la belleza, el que sabe pero ignora, el que conoce y olvida, el que interroga y disfraza, el que idea la mentira porque entiende la verdad.
Entender es la condena. Entender que la esperanza es un placebo, una píldora de azúcar para un cáncer de vehemencia, un fracaso a plazo fijo que cobra a precio de usura cada día que entretiene su demora. Comprender y al fin callar, ante cada circunstancia adversa, ante cada despedida, ante el mundo y el espejo, sobre todo ante el espejo. Callar como enmudecen los sepulcros, que corrompen lo que dicen que atesoran, callar como las madres callan cuando el hijo las defrauda, callar hasta convertir en misterio lo que sólo es un fracaso del raciocinio, del vanidoso intelecto, que se quiere pionero y va siempre por detrás del sentimiento, justificando sus errores, defendiendo sus caprichos con argumentos capciosos, sepultando sus vergüenzas bajo alfombras de artificio.
El privilegio de Dulcinea, Javier Pérez, 2001.
Respeto a los libros

En 1936 (o 38) los nazis organizaron una gran quema de libros.
En aquel entonces, estaba de corresponsal del New York Times en Berlín John Dospassos, y en una rueda d eprensa preguntó al minsitro de Cultura, Dr. Ley:
-¿Por qué queman ustedes estos libros? Tratre de explicarlo al público americano.
Y repuso el doctor Ley:
-Porque son infecciosos, peligrosos y nocivos. Porque creemos en la fuerza de los libros, también en la de los malos, y porque lamentablemente no está en nuestra mano quemar a los autores.
Razón no tenía, pero a veces se echan de menos alguien que crea en ellos, aunque sea para mal.
Cruzar el río

Padecemos un amplio desprestigio de la realidad, justo cuando deberíamos creer que es precisamente lo real lo que nos permite mirar el pasado con gesto de condescendencia. No hemos pasado grandes hambrunas ni guerras, nos curan cuando estamos enfermos y hasta hay leyes que nos aseguran el derecho a que nos miren bien.
Y sin embargo, nunca fue tan rentable para un político predicar sobre el retablo y alentar a los suyos a creer que la foto del puente es lo mismo que el puente.
Por la foto no cruzaremos el río, pero aplaudimos de igual modo las siglas atribuyéndoles un significado que se ha ido desdibujando hasta el mero residuo estético.
Y ahí es donde de nuevo interviene la foto, esta vez la de una idea en la que un día creímos.
Pero por esa tampoco cruzaremos el río.
Y sin embargo, nunca fue tan rentable para un político predicar sobre el retablo y alentar a los suyos a creer que la foto del puente es lo mismo que el puente.
Por la foto no cruzaremos el río, pero aplaudimos de igual modo las siglas atribuyéndoles un significado que se ha ido desdibujando hasta el mero residuo estético.
Y ahí es donde de nuevo interviene la foto, esta vez la de una idea en la que un día creímos.
Pero por esa tampoco cruzaremos el río.
El sueño y el olvido

Intentó sentir piedad por aquel atajo de esclavos, o al menos por sus familias, pero lo único que consiguió fue que se le revolviese aún más el estómago. La adicción podía superarse con fuerza de voluntad, y conocía a muchos que lo habían logrado. Con ayuda o por sus propios medios, negándose simplemente a volver a inyectarse. Los que se dejaban triturar en aquel molino siniestro, arrastrando de paso a los suyos, no eran seres humanos sino basura. La adicción no era como una mutilación de guerra: a un mutilado no le basta con la voluntad de recuperar sus piernas para volver a andar, pero aún así, a fuerza de coraje, muchos lograban llevar una vida casi normal, absolutamente digna. ¿Cómo podían reclamar compasión los que no eran capaces de sobreponerse a su propia mano?
Pero, ¿qué habían hecho sus madres, sus esposas o sus hijos?, ¿cual era su delito? El peor seguramente: la mansedumbre. La tolerancia. Intentar comprender al germen que te mata, negociar con él, acercarse a sus razones. No se puede ser comprensivo con la lepra. No hay ecuanimidad ni compasión con ella que no equivalga al suicidio.
Pero, ¿qué habían hecho sus madres, sus esposas o sus hijos?, ¿cual era su delito? El peor seguramente: la mansedumbre. La tolerancia. Intentar comprender al germen que te mata, negociar con él, acercarse a sus razones. No se puede ser comprensivo con la lepra. No hay ecuanimidad ni compasión con ella que no equivalga al suicidio.
El comisario Müller, en La Espina de la Amapola
El "paraquéidista"

En las llanuras de la autocompasión, envuelto en la sórdida manta de mil razones endebles, yacía en pie viviendo del placebo, embriagado con el dulce beleño de la autocomplacencia. A veces, cuando sucumbía a la lucidez, dejaba vagar su mente por el horizonte en busca del punto de fuga de sus perspectivas, y así llegó a aprender que cualquier punto es de fuga cuando se miran los paisajes de la nada. Harto de malvivir en su lucha prefirió bienmorir en conformidad, cortándose las venas del coraje con la hoja con que antes se afeitaba las derrotas cada mañana. Con las heridas abiertas, pero sin sangre que manar, vio correr el tiempo, clavado al suelo, como un árbol seco que eleva los brazos al cielo implorando un leñador, y entre tanto yace erguido, muerto pero en pie, en pie pero muerto. Así logró mitigar los días, mezclándose con los incontables militantes del suicidio, descarnados de valor, reencarnados en miseria, con otros como él, espectros de proyectos malogrados: mal logrados espectros que proyectan lúgubres sombras de olvido, tan vastas que incluso ellos olvidan que están muertos, y en quimérica existencia malríen, malaman y malsufren hasta que remueren.
La aceleración de la historia

La aparente aceleración de la Historia, y digo aparente porque cada cual sabe del ritmo al que se mueven los acontecimientos en su época, restando importancia a hechos que nuestros antepasados tuvieron por cruciales, se debe seguramente a una acumulación de sinergias tecnológicas, de conocimientos que se suman y producen nuevas técnicas, y sobre todo de comunicación, lo que incrementa la productividad de los recursos empleados y acelera los plazos.
Las explicaciones económicas de este fenómeno son tan largas como tediosas, y no ha lugar meterse a ello aquí, pero el hecho es que toda nueva tecnología, sea de información o de producción de churros, tiene un techo, y cuando se alcance el de la comunicación, en la coyuntura económica que vivimos, vaticino que se interpretará como un paso atrás, pues nos hemos acostumbrado a que todo lo que no funciona inmediatamente es porque está averiado.
Así, cuando de nuevo sea necesaria la paciencia para dar el siguiente paso, no sé yo cuantos estarán armados de ella y qué consecuencias pueden derivarse de ese asunto.
Falta saber, sobre todo, si la aceleración de la historia ha activado también el entendimiento del hombre, Y si la presión del contenido modifica la capacidad del continente, pero esa ya es otra historia.
Una conjura moral

Las causas de la desvirtuación democrática que nos acorrala son muchas y variopintas, pero tengo para mí que la principal pasa por la desmotivación incentivada.
Con pequeños y grandes actos se ha ido convenciendo al votante, o al ciudadano en general, de que no vale la pena implicarse en la política. Esta es la clase ideal de dictadura, pues quienes disponen del poder real pueden ejercerlo manteniendo la ficción de que son los demás los que no se comprometen. Se trata de conseguir que el que delega se encoja de hombros para, acto seguido y en su nombre, hacer lo que te dé la gana. De facto es una dictadura, pero en vez de utilizar la coerción por el miedo se utiliza la coerción por la indiferencia impuesta.
Por otro lado, por el de la vida pública, tenemos un proceso absolutamente perverso: los mismos que exigen limpieza y coherencia a los políticos los condenan de antemano, dando por hecho que cualquiera que se meta en esas faenas es un corrupto. De modo que en el hipotético caso de que alguien intentase reformar las fallas del sistema tendría que pasar antes que nada por miserable y nada hay más fácil que serlo cuando todo el mundo lo da por hecho.
En el mundo rural sucede a menudo: puestos a pagar la pena, habrá que cometer el delito. Y la pena de que te consideren un ladrón se paga siempre si te metes a concejal de algo, así que lo difícil es no cometer la tropelía una vez que ya has pagado por ella.
¿Soluciones? Jubilaciones forzosas a partir de un cierto tiempo en un cargo público y escaños vacíos para que la abstención cuente.
Por otro lado, por el de la vida pública, tenemos un proceso absolutamente perverso: los mismos que exigen limpieza y coherencia a los políticos los condenan de antemano, dando por hecho que cualquiera que se meta en esas faenas es un corrupto. De modo que en el hipotético caso de que alguien intentase reformar las fallas del sistema tendría que pasar antes que nada por miserable y nada hay más fácil que serlo cuando todo el mundo lo da por hecho.
En el mundo rural sucede a menudo: puestos a pagar la pena, habrá que cometer el delito. Y la pena de que te consideren un ladrón se paga siempre si te metes a concejal de algo, así que lo difícil es no cometer la tropelía una vez que ya has pagado por ella.
¿Soluciones? Jubilaciones forzosas a partir de un cierto tiempo en un cargo público y escaños vacíos para que la abstención cuente.
Por decir algo.
¿Contrato social?

Quizás uno de los errores más frecuentes, y de más pesadas consecuencias, sea confundir la sociedad con la asociación. La sociedad es anterior al socio, y sus normas preexistentes a la voluntad de este de convertirse en miembro.
La asociación, en cambio, es una alianza o suma de fuerzas para la consecución de un fin común; y los que en ella se implican, fijan sus aportaciones y sus limitaciones.
La asociación, en cambio, es una alianza o suma de fuerzas para la consecución de un fin común; y los que en ella se implican, fijan sus aportaciones y sus limitaciones.
Como puede existir la sociedad sin que se verifique asociación alguna, resulta obvio que ambas entidades no son equivalentes. Y siendo obligatoria la primera y voluntaria la segunda , podemos afirmar que no sólo no se equivalen, sino que son contrarias.
De cómo dejar de pertenecer a una asociación les hablan los estatutos de la asociación en concreto; se cómo dejar de pertenecer a la sociedad, les habla el maestro armero.
Pero no se crean nunca aquello de que la sociedad es un convenio entre muchos. Un contrato.
Eso, menos que nada.
El tiempo antiguo

Lo que verdaderamente distingue a la antigüedad clásica es su carencia del concepto de tiempo tal y como nosotros lo entendemos, en esas capas que separan el pasado inmediato del pasado remoto. Por eso es posible su mitología y esa cosmología tan humana y mítica a la vez: porque los hombres que habían vivido cinco siglos atrás no se diferenciaban gran cosa de los dioses, ni en presencia ni en posible realidad.
Nada hay de extraño, pues, en que los dioses contiendan con los héroes en la obras de Homero. O en el existencialismo que tanto y tan bien nos define.
Después de los clásicos, sólo el romántico supo prescindir del tiempo. Y estaba loco.
Nada hay de extraño, pues, en que los dioses contiendan con los héroes en la obras de Homero. O en el existencialismo que tanto y tan bien nos define.
Después de los clásicos, sólo el romántico supo prescindir del tiempo. Y estaba loco.
ateísmo y amatemática

El teólogo es tan científico como el matemático, pues como él, analiza las abstracciones de la mente humana en busca de su eficiencia.
Es posible que no exista en ninguna parte un señor con barbas, eterno y Todopoderoso, lo mismo que no hay modo de cartografiar el lugar donde residen los número enteros, o los racionales, pero no se puede negar que ambos, la divinidad y los números enteros, actúan sobre el Universo a través del hombre.
Si el existir como idea, idea eficiente además, es carta de naturaleza suficiente, Dios y las matemáticas existen. Si hace falta un cuerpo físico y un lugar donde situarlos, tenemos que considerar que ambos son entelequias.
Es posible que no exista en ninguna parte un señor con barbas, eterno y Todopoderoso, lo mismo que no hay modo de cartografiar el lugar donde residen los número enteros, o los racionales, pero no se puede negar que ambos, la divinidad y los números enteros, actúan sobre el Universo a través del hombre.
Si el existir como idea, idea eficiente además, es carta de naturaleza suficiente, Dios y las matemáticas existen. Si hace falta un cuerpo físico y un lugar donde situarlos, tenemos que considerar que ambos son entelequias.
Y ateos hay, pero amatemáticos, no osan.
No hacer

Hemos cambiado. Nos han abierto una puerta más: la del abismo.
Cuando el joven se interroga sobre cómo desea su futuro, ya no viene obloigado a una vocación. La elección ha dejado de plantearse como la bússuqeda de la opción más deseable entre todas las posibles.
El nuevo mecanismo, la manija de la mente moderna induce a pensar que existe una disyuntiva entre la actividad y la falta de ella. Parece configurarse en algunas mentes aparentemente lógicas la intuición de que es posible renunciar a cualquier acción, y vegetar por siempre sobre un ocio permanente que no satisface ni llena, pero ocupa las horas.
No hacer nada en absoluto, o intentarlo como objetivo mayor, se ha vuelto posible. Siempre lo fue, pero ahora parece haber tejido sus ropajes de justificación.
La inacción.
Unos la pintan de reflexión y otros de espera, y los que antes se veían perseguidos por la ley de vagos y maleantes emplean lo que se ha gastado en formarlos para cubrir de razones una voluntad parasitaria mal avenida con su supuesto respeto supremo a la sociedad.
No hacer.
Esa es la razón última del actual auge de tantas filosofías orientales, fundamentalmente introspectivas, y sobre todo, contemplativas a ultranza.
Es la hora de la contemplación. El viejo aserto de «que inventen otros» se ha visto actualizado al «y que lo hagan otros».
Es el principio.
Pero nunca faltan palas para enterrar al que no se mueve.
Veremos.
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